Perdidos en la Selva - Capítulo 4: El golpe más duro
Sentí una sensación de inquietud al escuchar sus palabras. No sabía qué estaba pasando en Nuevo Edén, pero sabía que no podía permitir que la selva fuera destruida. "¿Qué podemos hacer para detenerlos?", le pregunté a Kadúa. Él no respondió, simplemente me miró con determinación. Entonces, chispeé los dedos y seguidamente, apareció el dragón rojo ante nosotros. Kadúa se impresionó al ver al dragón, su rostro reflejaba una mezcla de asombro y temor. Aunque ya había visto al dragón antes, seguía siendo una visión impresionante. "No te asustes, Kadúa. Es el mismo dragón que me llevó a la aldea. Por muy intimidante que parezca, es inofensivo", le dije para tranquilizarlo.
Kadúa volvió a mirar al dragón y seguidamente le acarició con suavidad. "Subámonos al dragón. Vamos a volar sobre la selva". Kadúa asintió y se subió al dragón. Le dije que se agarrara bien a mi cintura y se abrochara "el cinturón de seguridad", nuestro objetivo era sobrevolar la mina de Neurocirio para ver si podíamos encontrar alguna pista sobre su exportación. Sin embargo, la mala suerte nos jugó una mala pasada. Algunos habitantes de Nuevo Edén que se encontraban haciendo excavaciones en la mina observaron como la sombra de una enorme bestia se acercaba a ellos y sin pensarlo dos veces, dispararon hacia nosotros.
El dragón, mal herido, logró sobrevolar hasta tierra firme sin incidentes mayores, sin embargo, su condición era crítica y necesitaba atención inmediata y nuestra aventura había tomado un giro peligroso. Los ciudadanos de Nuevo Edén se dieron cuenta de que no estaban solos en la mina de Neurocirio y se sintieron amenazados por nuestra presencia. Kadúa y yo nos miramos con preocupación, sabiendo que no podíamos permanecer en ese lugar por mucho tiempo. Los ciudadanos de Nuevo Edén podrían regresar en cualquier momento y terminar lo que habían empezado.
Después de un momento, Kadúa asintió y dijo: "Vámonos, hay un pequeño poblado que se encuentra a tan solo 1 kilómetro de aquí. Podemos intentar llegar allí y buscar ayuda". Empezamos a caminar con el dragón mal herido, que arrastraba sus enormes pies junto a nosotros. El pueblo estaba cerca, pero sabíamos que no podíamos bajar la guardia. Los ciudadanos de Nuevo Edén podrían estar esperándonos en cualquier momento. Mientras caminábamos, noté que el dragón estaba cada vez más débil. Su respiración era superficial y su paso era lento.
Kadúa y yo tratábamos de mantener en pie a la enorme criatura hasta que finalmente, tras unos 20 minutos de caminata, llegamos al poblado. Era un lugar tranquilo, con casas de madera y techos de paja. La oscuridad era solo iluminada por las velas que brillaban en algunas de las ventanas. "¿Qué hacemos ahora?" le pregunté a Kadúa. "Vamos a buscar ayuda", respondió. "Hay una curandera en este pueblo que puede ayudarnos a curar al dragón. Pero debemos ser cuidadosos, no sabemos quién puede estar espiándonos".
De repente, el silencio del pequeño poblado se rompió con el estruendo de una segunda bala. Esta vez, el impacto fue mortal y el dragón se desplomó en el suelo con un golpe sordo. Kadúa y yo nos quedamos petrificados, incrédulos ante la escena que se desarrollaba ante nuestros ojos. La muerte del dragón era un golpe duro, especialmente en un momento en que estábamos tan cerca de encontrar ayuda. Me invadió una sensación de pérdida y vacío. El dragón había sido más que un simple compañero de viaje; había sido mi amigo, mi protector, mi confidente.
Juntos, habíamos enfrentado algunos de los peligros de la selva y ahora, su cuerpo yacía en el suelo sin vida. La realidad de su muerte me golpeó con fuerza. Kadúa y yo nos miramos, ambos con los ojos llenos de lágrimas. No necesitábamos decir nada. Sabíamos que debíamos escapar, pero era difícil aceptar que nuestro amigo ya no estaba con nosotros. Kadúa se levantó y me ayudó a hacer lo mismo. "Vamos", me dijo. "Tenemos que encontrar un lugar seguro". Asentí, tratando de contener mis emociones.
Sabía que no podíamos quedarnos allí, pero mi corazón pesaba por la pérdida del dragón. De repente, el cielo se oscureció y una lluvia torrencial comenzó a caer sobre nosotros, como si la propia naturaleza estuviera llorando la pérdida de un ser querido. Llegamos a la puerta de la casa de la curandera, empapados y temblando de frío. Kadúa llamó a la puerta y tras unos instantes, se abrió con un crujido. La curandera al verle le sonrió con cariño. "Kadúa, mi querido amigo", dijo, mientras le ponía una mano en el hombro. "Que alegría volver a verte ¿Cómo has estado?"
Kadúa, sin mediar palabra sonrió débilmente, aún conmocionado por la muerte del dragón. La curandera le dijo "¿Estás bien?" mientras le miraba con ojos compasivos y al intuir que no, nos invitó a entrar. Kadúa le contó la historia del dragón y cómo había sido asesinado. La curandera le escuchaba con atención mientras su rostro cada vez se volvía más serio. "Está bien", dijo, "debéis de daros prisa en escapar de aquí; los ciudadanos de Nuevo Edén no van a dudar en atacar el poblado si os encuentran".
Acto seguido, se dirigió hacia una estantería llena de botellas y frascos y comenzó a buscar algo. "Tengo una poción que os permitirá escapar sin ser detectados. Pero debemos actuar rápido". Mientras la curandera preparaba la poción, Kadúa y yo nos miramos, aún tratando de procesar la muerte del dragón. Pero sabíamos que no podíamos permitirnos el lujo de lamentarnos ahora. Teníamos que escapar y encontrar una forma de vengar la muerte de nuestro amigo.

Comentarios
Publicar un comentario