Perdidos en la Selva - Capítulo 2: Los Falahí
Exhausto, carecía de energía para moverme por lo que me ofrecieron agua de coco para beber y me trajeron una bandeja de dulces, incluyendo los de canela, mis favoritos. Sentí un renovado sentido de esperanza y gratitud hacia las ancianas y ahí fue cuando me di cuenta de que la comida no era drásticamente diferente a la nuestra. El consumo de agua de coco, aunque no era una práctica demasiado común en mi, no me resultaba completamente desconocida. Mientras disfrutaba de los dulces y bebía el agua de coco, una de las ancianas se acercó a mí y comenzó a hablar en un tono suave y melodioso.
Seguidamente, señaló una de las flores blancas que adornaban la cama y luego se llevó la mano al corazón; estaba tratando de decirme algo importante, pero no sabía qué. De repente, la anciana se levantó y salió de la choza. Regresó con un objeto pequeño y rectangular en la mano. Era un libro antiguo, con páginas amarillentas y cubiertas de polvo.
La anciana lo abrió y comenzó a pasar las páginas, deteniéndose en una ilustración que mostraba una flor blanca similar a la que había señalado antes. Me miró con una expresión seria y luego me mostró la ilustración de nuevo. El dragón, que había estado permaneciendo fuera de la choza, se acercó a la ventana. Una de las ancianas se aproximó a el y comenzó a acariciar suavemente sus escamas resplandecientes. El dragón parecía estar disfrutando, cerró los ojos y se relajó. Una de las ancianas se volvió hacia la otra y susurró un nombre que sonaba como un conjuro: "Drakonis Luxurians". Mi curiosidad se despertó y saqué mi teléfono de la mochila para investigar el misterio que se escondía detrás de ese nombre.
Tras la búsqueda por Internet resultó ser que "Drakonis Luxurians" era una especie de dragón extremadamente rara y muy valorada en la selva del Lejano Edén debido a que habían muy pocos ejemplares, tan solo quedaban cuatro individuos de esta especie en toda la región y uno de ellos, lo teníamos ante nuestros ojos.
La anciana me mostró la ilustración por tercera vez, y esta vez, señaló la flor blanca y luego al dragón por lo que comencé a entender que había una conexión entre esas flores y los demás mortales. Seguidamente, cogió una de las flores blancas que rodeaban mi cama y, sin decir una palabra, la puso sobre una herida que me había hecho durante el turbulento camino que tuve hasta llegar a la aldea. La flor parecía brillar con una luz cálida y suave, y mientras la mantenía en su lugar, la anciana cerró los ojos y respiró profundamente. Tras unos segundos, retiró la flor y, para mi asombro, la herida había desaparecido por completo. No quedaba ni rastro de la lesión, ni siquiera una marca roja o inflamada. La piel de mi rodilla estaba lisa y sin imperfecciones, como si nunca hubiera estado herida. "¿Cómo lo has hecho?" le pregunté, incrédulo. La anciana abrió los ojos y me miró con una sonrisa tranquila, como si hubiera compartido un secreto conmigo. Acababa de descubrir algo fascinante, algo que me hacía querer aprender más sobre el poder curativo de las flores blancas. Como estudiante de medicina, siempre había estado interesado en la relación entre la naturaleza y la salud, y este milagroso evento había despertado mi curiosidad.
En aquel momento, mi mente dio un giro y regresó a mis años de universidad, cuando estudiaba medicina con la firme convicción de que toda enfermedad tenía un remedio. Me acordé de las largas noches pasadas en el laboratorio, analizando muestras y experimentando con diferentes combinaciones de plantas y sustancias químicas. Me acordé de mis profesores, que me habían enseñado que la medicina era una ciencia exacta, pero que también tenía un lado artístico, un lado que requería intuición y creatividad. Pero mi mente no se detuvo allí; seguí viajando por el mundo en busca de plantas y especies únicas que pudieran tener propiedades curativas.
Fue en aquel momento cuando supe que había encontrado algo especial, algo que podría cambiar la forma en que entendíamos la medicina y la curación. Las flores blancas que me rodeaban eran más que una simple planta curativa, eran una puerta a un mundo nuevo de posibilidades y descubrimientos. De repente, una de las flores se abrió y reveló un centro de un color azul intenso. Me acerqué más y comencé a examinar el centro de la flor. Era como si estuviera mirando un pequeño universo, con estrellas y planetas que giraban alrededor de un sol central. Me sentí transportado a un mundo diferente, un mundo donde la medicina y la naturaleza se unían en una danza perfecta.
De pronto, un joven entró en la habitación, su cara pintada de azul llamó mi atención de inmediato. "¡Un temible dragón rojo ha sido avistado en la aldea!" exclamó. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron y en aquel momento sentí una conexión inexplicable con él. Fue como si hubiera despertado algo dentro de mí, algo que había estado dormido durante mucho tiempo. Su piel morena estaba cubierta de tatuajes intrincados, que parecían contar historias de la selva que lo había criado. Me acerqué a él, sintiendo una curiosidad irresistible. "¿Qué pasa con el dragón?" le pregunté, tratando de mantener la calma. El joven me miró confundido, hablábamos idiomas diferentes y mi intento de calmarlo había sido en vano. Me detuve un momento, intentando encontrar una forma de comunicarme con él. El traductor de voz no parecía funcionar, y mi conocimiento del idioma local era muy limitado. Pero algo en sus ojos me decía que era importante que encontrara una forma de hablar con él. Decidí probar de nuevo con el traductor de voz, y esperé a que él hablara. Finalmente, después de unos segundos de silencio, el traductor emitió un sonido y una voz dijo: "Soy Falahí". En aquel momento pensé que se tratata de su nombre. El joven me miró con una sonrisa y continuó hablando.
El traductor tradujo sus palabras, y me enteré de que las dos ancianas que se encontraban en la habitación eran sus abuelas, una la madre de su padre y otra la madre de su madre. Comenzó a contarme sobre la cultura Falahí y la vida en la aldea. Me habló sobre la importancia de la familia y la comunidad en su sociedad, y cómo las ancianas eran respetadas y veneradas por su sabiduría y experiencia. Se dedicaban a la recolección de frutas, verduras y hortalizas y después, las vendían en el mercado silvestre. Luego, me miró con curiosidad y me preguntó: "¿Qué te trajo a nuestra aldea? ¿Qué buscas aquí?". Me tomé un momento para reflexionar sobre mi respuesta y le dije; vengo de Nuevo Edén. Se acercó desafiante y percibí que mi respuesta había creado un clima de tensión en el aire. -¿Crees que soy una de esas personas que vienen a la selva para explotar sus recursos?- le dije.

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